Bill Russell o la muerte del jugador más importante de la NBA

SANTA MONICA, CALIFORNIA - 24 DE JUNIO: Bill Russell asiste a los Premios de la NBA 2019 presentados por Kia en TNT en Barker Hangar el 24 de junio de 2019 en Santa Mónica, California.  (Foto de Michael Kovac/Getty Images para Turner Sports)

El legendario jugador Bill Russell en la ceremonia de entrega de premios de la NBA 2018/19 (Foto de Michael Kovac/Getty Images para Turner Sports)

Suele decirse que comparar jugadores y épocas es imposible en el deporte profesional. Es una verdad como un templo. Ahora, en todas las disciplinas se cuelan jugadores irrepetibles, que sirven de balanza, de barra, para todos los que vienen después. Jugadores que cambian el juego por su calidad, su constancia, sus victorias o su compromiso social. Los que nos enganchamos al baloncesto, y en especial al baloncesto americano de los 80, tenemos nuestros propios ídolos: Magic Johnson, Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar, Michael Jordan, Kobe Bryant, LeBron James, Stephen Curry… ninguno de ellos, a la altura histórica de Bill Russell, fallecido ayer a los 88 años.

Sin Russell no puedes entender demasiadas cosas. De entrada no se puede entender a los Celtics de los años 50 y 60, ese equipo que jugó once finales y ganó diez anillos entre 1956 y 1967. Salvo en el primero, en todos participó Russell, el hombre que cambió la forma de concebir el deporte en sí: de un corredor de base continuo corriendo el contraataque y buscando penetraciones salvajes a un juego dominado desde la altura, la defensa y la protección del tablero propio. Russell hizo suya la famosa frase “el ataque gana partidos y la defensa gana campeonatos” y pasó al once como jugadorlos dos últimos compaginando sus funciones con las de entrenador tras la baja de Red Auerbach.

Russell, campeón olímpico en 1956 y campeón universitario en 1955 y 1956, desmanteló el mito del jugador negro que sólo sabía saltar y correr. Russell era una enciclopedia sobre el terreno de juego, capaz de destacar en un equipo de estrellas y al mismo tiempo capaz de volver loca a cualquier estrella rival. Sus duelos con Wilt Chamberlain, primero en Filadelfia y luego en California, son de los más recordados en la historia de la NBA y En todas las ocasiones, el ganador era el menos espectacular, el más sobrio, el que mejor supo aprovechar sus habilidades.

Russell era un ídolo negro en una ciudad de orgullo irlandés e impulsos racistas.. Russell, junto al propio Chamberlain, junto a Elgin Baylor, Sam Jones, Oscar Robertson y tantos otros desheredados de la segregación que todavía tenían que disculparse por existir en los años sesenta cuando cruzaron la barrera del Mississippi -y no sólo- siempre se comprometió con sus derechos y los de su raza. Hasta su llegada, la gran mayoría de los ídolos del baloncesto eran blancos -Mikan, Petit, Cousy, Schayes, Sharman…-. Como decía el propio Russell con cierto gruñido, lo habitual en su época era que sólo jugaran dos negros en el quinteto inicial, tres si el partido se jugaba fuera de casa… y cuatro si el equipo iba perdiendo.

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La NBA tal y como la entendemos desde aquellos mismos años ochenta, con su empuje competitivo y su arraigo en la comunidad afroamericana, no hubiera sido posible sin Russell porque Russell demostró que los negros no solo podían jugar y jugar mejor que nadie, sino que podían ganar. Y esto se trata de ganar al final del día, no lo olvidemos. Se acabó ser una atracción de feria para ser insultado, intimidado o golpeado en según qué campos. Russell, con su enorme presencia, con su inteligencia dentro y fuera del campo, con su prodigioso sentido común, demostró a los fanáticos hasta dónde sus prejuicios tenían pies de barro.

Sí, Russell era lo más cercano a un “activista” que uno podía permitirse ser en esos días. Formó parte de la famosa marcha sobre Washington con Martin Luther King, apoyó a Muhammad Ali en su negativa a luchar en Vietnam y se negó a jugar donde la discriminación todavía estaba vigente, como sucedió en el famoso boicot de Lexington, Kentucky, cuando un restaurante se negó a atender a los jugadores negros de los Celtics y éstos se negaron a jugar ante la desesperación de los organizadores y la complacencia de Red Auerbach.

Su lucha por los derechos de los suyos no se limitó al color de su piel sino que la extendió a sus compañeros de profesión. Russell fue parte del núcleo de jugadores que se negaron a jugar el All Star de 1964 hasta que la liga se comprometió a implementar un plan de pensiones. para beneficiarse después de la retirada. Ese era el primer All Star que iba a ser televisado a nivel nacional y estuvo a punto de no celebrarse. Como de costumbre, Russell se salió con la suya.

Porque, después de todo, si Russell debe ser recordado por algo, es por su tenacidad. Más allá de los once anillos conseguidos, hay un palmarés apabullante: diez veces tuvo que jugar el séptimo partido de un empate y diez veces su equipo ganó ese partido, con una media de 29,3 puntos; 18,6 rebotes y 3,7 asistencias para el central. La última de esas diez veces fue su último partido como profesional en 1969: en el recién inaugurado Forum de Inglewood, contra los Lakers de Jerry West y Wilt Chamberlain y con todas las probabilidades en su contra. Jack Kent Cooke, el dueño de la franquicia de Los Ángeles, tenía todo listo para la celebración del ring y llegó Russell (junto a Don Nelson) y estropeó la fiesta.

Se dice de Russell que siempre vestía de negro en esos partidos decisivos porque parecía el sepulturero de las esperanzas del rival. Russell fue Kareem antes de Kareem y fue Jordan antes de Jordan. Russell lo fue todo, incluido el primer entrenador negro de cualquiera de las principales ligas estadounidenses, y a su vez permitió que sus sucesores miraran el éxito a los ojos. La muerte de Russell se produce solo tres años después de John Havlicek, dos después de Tom Heinsohn y unos meses después de Sam Jones. Todos ellos socios en un equipo imposible de igualar. Un equipo que sigue siendo la referencia a enfrentar en términos históricos, el que forjó la NBA tal y como la entendemos.

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