Reedición de un libro de Manuel Soriano: Para que me quieran un poco

Ricardo Piglia sostiene que “el comienzo de un libro define el tono de la historia y establece implícitamente el marco, es decir, el protocolo de lectura”. En este sentido, se puede decir que uno de los grandes aciertos de Manuel Soriano a la hora de componer Rugby (novela publicada por Alfaguara en 2010 y ahora reeditada por Estuario) se encuentra en el punto de partida, en esas cuatro o cinco páginas iniciales, que son un auspicioso germen de bosque que pronto se levantará ante el lector.

Ya en el primer capítulo, el narrador protagonista propone su recorrido: «Déjame llevarte. Soy El Mocho, tengo 22 años y juego rugby. Seré su guía durante este viaje». Mocho, cuyo verdadero nombre es José Ignacio Sánchez de la Puente, es peruano, hijo de una familia adinerada radicada en Argentina y asiste a un colegio privado: el Colegio Cristiano. Su itinerario incluye la popular peatonal Florida (área turística y comercial por excelencia), desde “Plaza de Mayo hasta Plaza San Martín”. Buenos Aires aparece a sus ojos ya los ojos del lector como un espectáculo circense tragicómico e inquietante, pero (quizás por lo anterior) claramente atractivo. El ritmo de la historia fluctúa de acuerdo a los encuentros –algunos esperados, otros aleatorios– que surgen durante este recorrido inicial; Mención aparte merece el diálogo con Tommy Alderete Olmos, “el as de la calle Florida”, una especie de sabio del pragmatismo capitalista, cuyo discurso es tan lúcido como abominable. Nada escapa a la mirada del protagonista, que es capaz de detenerse en los “que preguntan” siempre al margen, en una multitud heterogénea pero clasificable de “banqueros, oficinistas, abogados, secretarios, cervezas de vueltaprestamistas, cadetes y empresarios” o en los puestos donde venden camisetas del Che Guevara a 20 pesos. Sus observaciones, aparentemente superficiales, esconden, a través de la ironía, una sutil crítica: «Si no le das dinero al niño, le no están avalando el sistema y de paso te ahorras unas moneditas, no sé si es así, pero prefiero comprarles un alfajor, dales un alfajor, sonríeles y alborota cariñosamente su cabello Así es, así manda el manual del buen compasivo.

En este punto, justo al comienzo de la novela, Soriano ha logrado infundir un sueño vívido en la mente del lector. Mocho ha dejado de ser un personaje para convertirse en un compañero de viaje, atento y experimentado, pero que, por encima de todas las cosas, tiene algo que contar: «Esta es la historia de un sábado por la noche. No me dijeron, yo estaba allí. ¿Por qué reconstruirlo? Bueno, para que me quieran un poco.

El mundo de Rugby comienza a desarrollarse a partir del segundo capítulo. Soriano es hábil en la dosificación de la información: mientras –de forma más o menos ordenada– conocemos a su protagonista (amistades, ausencia de la madre, aversión por el padre), los escenarios donde se mueve (escuela de inglés, club deportivo) y lo que su mirada destila sobre la sociedad hipócrita, violenta y clasista de la que forma parte, recibimos sucesivos indicios de algo mucho peor. Un trágico hecho ocurrido en una fatídica noche, durante el tercer tiempo de un partido de rugby, es decir, en ese instante tras la batalla deportiva en el que los rivales comparten una cena conjunta como símbolo de camaradería: «El entrenador se rió. Nos llevamos bien a pesar de nuestras diferencias. Es un chico al que respeto. Podría haber parado todo antes de que se pudriera»; “Es una pena que el entrenador no se quedara ese sábado. Se fue tan pronto como terminó el partido. Habría detenido todo a tiempo, me parece. El intercalado de estos breves anuncios del desastre produce una tensión acumulativa, acelerando la lectura y provocando una agitación análoga a la que envuelve a los personajes en los tramos finales de la historia. Relato que en su desenlace ya la luz de los hechos requiere que Mocho tome posición y que los lectores confirmen o no las afinidades con este conflictivo protagonista. Tal vez esta exigencia de poslectura sea amplia prueba de las cualidades de un autor que, al reeditar su obra, la mantiene en circulación, hecho saludable para el presente de nuestra narrativa.

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