Fragmento de ‘Diarios de una Sofía’, de la youtuber Paola A. Fernández – Música y Libros – Cultura

trece de junio de 2020

Mi inseguridad tiñe todo de diferente manera; una mirada desprevenida se convierte en un juicio; una palabra, por inocente que parezca, me parece un juicio. No sé muy bien cuál es la razón -nunca me faltó el amor en casa-, pero he sido extremadamente insegura desde niña y, Aunque pongo una máscara de exceso de palabras y sobreestimulación en el trato, hay algo que no deja de sentirme amargado, falto, expectante.

Nunca nada es suficiente, precisamente porque nunca me he sentido suficiente y cuando recibo algún tipo de reconocimiento lo percibo como una exégesis de cuánto falta todavía y cuánto falta aún.

No sé, finalmente, qué será suficiente o si, precisamente, esta insuficiencia es, a la larga, una virtud que me mantiene alerta. No me gusta sonreír en las fotos porque digo “mi cara está deformada”.

(Lea también: ‘Diarios de una lesbiana’, libro censurado en Marruecos que inflama los ánimos).

Tengo muchas inseguridades en términos de físico. Me juzgo constantemente por mi sobreexposición al otro y, paradójicamente, no dejo de hacerlo. No creo que mi conocimiento sea suficiente y por eso trato de alimentarlos tanto como puedo. Creo que no escribo lo suficientemente bien. Me comparo constantemente. Siempre siento que amo a los demás más de lo que ellos me aman a mí.

Lloro todo el tiempo y el futuro me provoca una ansiedad excesiva. Siempre cargo con la culpa y la considero irreparable. Me siento culpable cuando me enfado, incluso cuando estoy herido. Constantemente juzgo mis sentimientos como cursis y exagerados y me condeno por ser demasiado intenso a veces. En las fiestas, en un momento determinado, me da un no sé qué por no ser parte y salgo corriendo. Necesito confirmación verbal constante y siempre me he sentido menos divertido que mis amigos cercanos. De todos modos. disparates.

14 de junio de 2020

Paola Fernández Zapata

El libro es de Intermedio Editores.

Siento que no he avanzado en el proceso hacia mí mismo; Escribo para desahogarme, como catarsis, y con miedo al encuentro, pero debo entender que es solo allí donde puedo encontrar la paz y finalmente entender, que a pesar de convulsa, la vida, tiene que tener un sentido. Volvamos a lo que me motivó a escribir. ¿Por qué ahondar más en los detalles de ese amor? Realmente, los demás son siempre una excusa para hablar de uno mismo.

El problema es que me he dado cuenta de que aquí no estoy yo y eso me da miedo. Temo ser sombra de todo lo que no soy yo, pero ¿qué o quién soy? ¿Qué significa ‘ser yo’? ¿Habrá algún tipo de identidad independiente del cambio?

Me da rabia pensar en las preguntas que mi madre siempre me dice que me haga. No quiero hacer, leer, comprender o acercarme a la filosofía, a esas cuestiones fundamentales que plantea esta tarea.; No quiero seguir el camino de mi madre, ser su sombra, ser suya ella suya en una versión joven y perdida.

Me da rabia sentir que podría repetir sus errores y arrepentimientos, que repetiría a mi padre, que haría de su historia algo mío, pero ¿la filosofía es de mi madre o de todos los que piensan? Aunque siempre lo he evitado, después de mi ruptura con aquel –el otro– y conmigo mismo –sabiendome otro– no digo más, sé que debo detenerme y comprenderme. Cuando terminé con él, también terminé conmigo. Terminé con la idea de que no existo si no es para otra persona; Terminé con mi incapacidad para prestarme atención, para escucharme, terminé con la idea de mí mismo -si es que la había- y comenzó la búsqueda de entender quién diablos soy. Sí. Debo detenerme y comprenderme a mí mismo.

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¡Uf! Esa historia de ‘comprensión’. Cuantas veces he escuchado que antes de amar a otro, de enfrentarme a los demás, debo comprenderme a mí mismo. Pero, ¿cómo diablos lo hago? ¿Dónde está el recetario, el manual de instrucciones o el paso a paso para poder encontrarme? Es que a lo mejor hay un: 1. Callaos. 2. Ponte a pensar. 3. Encuéntrate a ti mismo. 4. Taran! ¡Sorpresa! ¡Ha sido encontrado! Enhorabuena y vuelve pronto.

no hay ¿Y si mi madre tiene razón y en ese montón de libros que tiene ahí en su biblioteca encuentro alguna respuesta a mi angustia?a eso que me carcome por dentro y que sé muy bien que no tiene nombre propio, que no es por ese imbécil por quien sufro, sino que soy yo quien me hago sufrir al no entender muy bien mi camino, mi significado, mi propósito? , ¿habría un propósito en la vida?

¿Por qué siento que antes era más feliz y cómo puedo hablar de antes de ser tan joven? El ayer se vuelve hermoso porque lo fue. Se ve desde el margen, con añoranza y melancolía, lo que ya pasó, las lágrimas ya derramadas, la decepción superada, el tedio deformado y coloreado de la resiliencia (…).

Temo ser sombra de todo lo que no soy yo, pero ¿qué o quién soy? ¿Qué significa ‘ser yo’? ¿Habrá algún tipo de identidad independiente del cambio?

Antes estaba con él, pero antes de eso antes no estaba y caminaba sin sentir ese dolor; ahí, es decir antes, con él quizás, me sentía no parte, como si no tuviera lugar, como si todo fuera extraño y hoy en vez de recordar esa extrañeza, solo recuerdo la tranquilidad, la sensación de hogar, la sensación de que ese era mi lugar y mi hoy, como me siento hoy, es similar a como me sentía antes, como si estuviera ajena a todo.

Embellecemos el ayer y creemos el engaño, mañana el hoy será brillante y mañana su mañana lleno de desencanto. La trampa de la memoria. Y cada vez me lleno de más dudas y más preguntas se agolpan en mi cabeza.
Hay muchas dudas en mi cabeza: ¿Quién soy? ¿Qué deparará el futuro? ¿Cómo amar y ser amado? ¿Para qué soy bueno? ¿Qué profesión debo elegir? ¿Que es el tiempo?… Sin embargo, me doy cuenta de que todas las preguntas giran en torno a lo mismo o mejor dicho, tienen un pilar del que emergen todas las demás: ¿Tiene sentido la vida? Y si lo hay, ¿cuál es? Y si no lo hay, ¿por qué diablos venimos a un mundo sin propósito y sin significado? ¿Sufrir? ¿Es una broma de Dios? Pero, ¿soy alguien lo suficientemente importante como para importarle a Dios? ¡Aaah! no más.

Por eso me detengo a escribir. Cansada de llorar, de no encontrar razones, de agobiarme con la angustia, decido parar. Un día le dije a mi madre que me dejara quedarme una semana en casa y no ir al colegio, que ella quería dormir, ver series, leer y tratar de encontrarle sentido. Mi madre me miró con dulzura y orgullo, me sonrió y aprobó.

Así que comencemos este viaje.

Paola Fernández Zapata

Paola Fernández se define a sí misma como una ‘profesora millennial’.

Foto:

Santiago Saldarriaga. TIEMPO

17 de junio de 2020

Pasé tres de mis siete días sin ir a la escuela terminando ‘Anatomía de Grey’ y viendo un par de películas de Disney, comí palomitas de maíz con mantequilla y Lloré todas las noches.

Es temprano en la mañana y estoy cansado de no poder dormir. Voy a hacer por lo que le había exigido a la vida un respiro. Ya comí, vi la tele, subí historias ridículas y tiktoks aún más absurdos; Ya he jugado con los gatos y he hecho un par de flexiones y todavía me siento mal. Es hora de tomar una decisión.

Fui a la biblioteca y ahí estaba yo, ante ese enorme monstruo que tiene la cara de mi madre. Tomé al azar el libro más viejo y polvoriento que encontré… De la brevedad de la vida. ‘Séneca’; decía la portada. ¿Qué? Pero, ¿quién diablos tendría un nombre tan raro? Sin embargo, el título parecía interesante y lo saqué del estante alto.

(También: “Me preparé toda la vida para contarle a Julio César”: Santiago Posteguillo).

Para google primero. Vamos por el celular, dejemos el lápiz y el papel, abramos Safari. Voy a escribir sobre ese primer libro que vi y me llamó la atención: ‘Séneca’… Aquí empezó todo.

‘Séneca’… Así sentencia el comienzo del libro. Sólo una primera frase me hace pensar –en qué razón tenía mi madre–. Nos quejamos constantemente de la vida y sus penas, por el poco tiempo que tenemos para lograr lo que queremos¡Me quejo de existir cuando la existencia va lentamente! No tenemos poco tiempo, solo desperdiciamos mucho.

¿Cómo pierde el tiempo el ser humano en cosas que no tienen sentido? recelándolo, haciendo uso de sus bienes únicamente para sí y dedicándoles la vida, y justifican su codicia.

Paola Fernández Zapata

El libro incluye gráficos didácticos con pensamientos de los famosos filósofos.

Esto siempre me ha cuestionado: ¿adquirir bienes o ser feliz? ¿O eso se desatará? ¿Cómo haré que mi vida adulta sea productiva, pero satisfactoria? Pero, ¿cuál era esa historia de producción? ‘Sé productivo’ le había sido repetido por innumerables bocas y en innumerables escenarios.

Sé productiva, Sofía, pero ¿de qué iba esa historia de producir? ¿Qué estaba produciendo? ¿Había que oponerse, contradecirlo, blasfemarlo o seguirlo, obedecerlo y cumplirlo? Producir es hacer algo con el trabajo y el trabajo es una acción remunerada. ¿La remuneración debe ser económica? Leo, aprendo, salgo, ayudo, duermo –bueno, me cuesta–, alimento a mis gatos, limpio la casa y trabajo para que estén tranquilos, pero para eso no me pagan en el futuro, ¿lo harán? ¿No fue eso trabajo? Ser productivo implicaba necesariamente producir algo con una remuneración pagada. O no. ¿Por qué? Producir un día tranquilo me cuesta más de un mes sin descanso de tareas y quehaceres, ¿no vale la pena?

Trabajo y productividad entonces, me pregunto, ¿debería medirse por esfuerzo o por resultado? Si la productividad se medía por el esfuerzo, era altamente productiva; pero medido por los resultados, ¡qué improductiva era ella! Y en ese ‘ser productivo’ –me sigo preguntando– ¿dónde está el ocio? ¿Y la contemplación? Sea productivo, sea productivo. Y si se cambiara el imperativo, se quitaría el ‘productivo’ y sólo quedaría el ‘yo sé’. ‘Sé que sé’. Que dificil es ser. Pienso mucho en esta cuestión del ‘ser’. Espero que no se complique, sigan la película.

Ser y saber se marcan en español cuando son verbos o imperativos y no se marcan cuando son pronombres personales. Ser y saber son más equivalentes que el pronombre, pero las tres palabras, acentuadas o átonas, se escriben igual. Ser y saber son más parecidos en el ‘yo sé’ que ser y producir, o ser y trabajar, o conocer y producir, o conocer y trabajar. Entonces, me pregunto, tal vez sea mejor simplemente ser, mejor y más difícil, mejor y menos pagado, mejor y menos productivo. Mejor, sí, pero menos válido ante ojos espinosos e inquisitivos que han abandonado el ser y saber el imperativo ‘sé productivo’.

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